Hypatia aterriza en Iota Draconis b

•diciembre 15, 2015 • Dejar un comentario

Hoy, la Unión Astronómica Internacional (IAU, siglas en inglés), nos ha dado tres buenas noticias a los madrileños. No una, sino tres. Hace unos meses, se puso en marcha un proceso participativo para proponer y votar los nombres que debían darse a un buen grupo de estrellas y planetas, los últimos habiendo sido descubiertos en los últimos años. Muchos fueron los candidatos. De entre ellos, la prensa española se hizo eco de la propuesta lanzada por el Planetario de Pamplona de bautizar a la estrella mu Arae (nombre científico) con el nombre de Cervantes, y a sus cuatro compañeros planetarios por cuatro de los personajes de su obra más universal: Quijote, Dulcinea, Rocinante y Sancho.

Pues bien, como hoy se hacen eco muchos de los medios españoles de gran tirada y audiencia, el alcalaíno y sus personajes han sido los seleccionados para pasar al nomenclátor oficial de la IAU. Hasta aquí la noticia aparecida en prácticamente todos los medios oficiales.

índice La segunda gran noticia, y la que más me ha emocionado a mí, es la de la selección de Hypatia para referirse al planeta descubierto en torno a la estrella Edasich (Iota Draconis), a propuesta de la asociación homónima de la Facultad de Ciencias Físicas de la Universidad Complutense de Madrid (chúpate ésa, ASAAF! :P). Dicha estrella, se encuentra en la constelación del Dragón, casi tocando con la Osa Mayor (casualmente, el símbolo de Madrid). Hipatia de Alejandría, que da nombre a la asociación y, desde hoy, al planeta descubierto en torno a Edasich, fue una estudiosa greco-alejandrina, de la escuela neo-platónica. Pero qué mejor que leer la presentación que de ella hicieron los compañeros de la asociación de Físicas:

Hipatia de Alejandría fue una astrónoma y matemática de origen griego que fue asesinada por una turba religiosa en el Museion (donde se encontraba la famosa Biblioteca de Alejandría). En la historia de la ciencia, suele ser representada como símbolo de la caída de las civilizaciones antiguas y sus conquistas científicas. Proponemos Hypatia para Edasich b por los siguientes tres factores:
1.- El exoplaneta orbita una estrella que ha abandonado la secuencia principal y empezado a quemar helio. Las llamaradas de la agonizante estrella podrían simbolizar el fuego de la Biblioteca de Alejandría que el exoplaneta se encuentra en los instantes finales de vida del sistema.
2.- Edasich b (Hypatia) tiene una órbita extremadamente excéntrica: un recordatorio del intenso estudio sobre las cónicas de Apolonio llevado a cabo por Hipatia.
3.- El sistema puede ser observado desde Alejandría, en Egipto; los cielos sobre la Biblioteca que una vez fueron hogar de Hipatia y el pensamiento clásico.

Por último, la tercera buena noticia recibida desde la IAU, es la del nombramiento del planeta ípsilon Andromedae d, con el nombre de Majriti, “madrileño” en árabe, por el astrónomo y matemático árabe-madrileño Âbû-l-Qâsim Maslama ibn Âhmad al-Faradi al-Hasib al-Qurtubî al-Maŷrîtî, uno de los primeros madrileños de nombre reconocido. Junto a él, un díscipulo suyo en Córdoba y otro estudioso de la Córdoba árabe completan el sistema planetario de la estrella ahora llamada Titawin por la Medina de Tetuán, patrimonio de la humanidad. Estos nombres fueron propuestos por el Club de Astronomía Vega, de Marruecos.

Según el diario El País , los ganadores, además de recibir una placa conmemorativa, tendrán la posibilidad de nombrar un asteroide del Sistema Solar como premio por haber ganado. En el caso de Hypatia, ese nombre ya existe como asteroide, así que, quizás, tendrán la oportunidad de homenajear a quien ellos decidan como alternativa (no conozco las limitaciones que les impondrán). Ya sabéis, un poder conlleva una gran responsabilidad. ¡Enhorabuena, compañeros!

“España” vs “Estado Español”

•mayo 10, 2014 • Dejar un comentario

   Leyendo hace algún tiempo el artículo titulado Per què evitar “Espanya”? de la compañera Mireia Chavarria, me encontré con algunos planteamientos que pienso que son erróneos. Evidentemente, el entorno en que cada uno hemos crecido (la autora en Cataluña, yo en Madrid) genera una cierta desviación en cuanto a la forma de entender cada uno de los términos de los que habla en el artículo. Por resumir, aunque recomiendo leerlo de la fuente original, lo que en él se expresa es un deseo por parte de la autora de extender el uso del término “Estado español” en detrimento de “España”, y lo justifica basándose en el hecho de que el primero alude más a <<la entidad jurídica bajo la cual se acogen las diferentes realidades que se encuentran en el delimitado políticamente territorio español>>, mientras que por el segundo <<entendemos un proyecto político uniformizador y centralizador […]>>. Sin embargo, no comparto que ese sea el principal motivo por el que fue introducida la expresión “Estado español” como manera de referirse a “España”. Durante algo más de la última década, como extensión del debate, guerra lingüística o lucha por la hegemonía (en el sentido que lo expresa Íñigo Errejón en su conocido vídeo didático) que lleva librándose desde el romanticismo con la aparición del nacionalismo catalán, el término “nación” ha sido, más que objeto de debate, objeto de deseo. Esta batalla por apropiarse del término “nación” para sí por parte de los nacionalismos español y catalán (como representante de los llamados “periféricos” en este artículo) ha dado lugar a varios disparates lingüísticos que, si no fuera por la violencia verbal con la que, a menudo, se aborda este tema, podría hacernos reír.

Imagen sacada de www.todocoleccion.net

   Para empezar, la palabra nación es polisémica. Además, teniendo en cuenta los dos idiomas y, a su vez, diferentes academias, el problema se complica. Personalmente pienso que la Real Academia Española es más incluyente al proponer una polisemia más amplia y más acorde con la realidad del uso del término. Sin embargo, a la hora de debatir, un nacionalista catalán y un nacionalista español, defenderán a ultranza y de manera mutuamente excluyente* que la nación es Cataluña o España, respectivamente, pero utilizando el término “nación” en acepciones diferentes y, por tanto, hablando de conceptos también diferentes. Desgraciadamente, esta confusión eleva el número de apoyos de las fuerzas nacionalistas a ambos lados de la “trinchera”, convirtiéndolo en una herramienta retórica recurrente en caso de pérdida de confianza por motivos como la corrupción o la aprobación de medidas antipopulares.

   Otro ejemplo de disparate lingüístico consecuencia de esta batalla por la apropiación del término “nación” es el uso del término derivado “nacionalidad” que incluso la RAE ha recogido como tercera acepción. El término “nacionalidad”, por construcción, se refiere a la cualidad de nacional o de nación. Sin embargo, la Constitución Española de 1978, para intentar contentar a todos, se refiere a España como “nación” y permite la consideración de “nacionalidades” a algunos territorios. Para entender lo que quiero decir basta con preguntarse cuál es la nacionalidad de uno mismo. Nadie contestará “España”, “Cataluña”, “Francia”, etc, sino “española”, “catalana” o “francesa”, según el origen y las ideas, pero siempre con el adjetivo. La introducción de las “nacionalidades históricas” fue un apaño para esquivar el decir “naciones históricas”, y así evitar que se presentaran en oposición a la “nación española”.

    Y, por último, “Estado español” en oposición a “España”, que es el origen de esta entrada. Evidentemente, y en eso le doy la razón a M. Chavarria, el nacionalismo español, que es uniformizador, se ha apropiado del término “España” y lo ha utilizado contra las distintas realidades culturales, colocando en oposición frontal la existencia de la una y las de las otras. Por tanto, es absolutamente normal que, por efecto acción-reacción, dicho término produzca un rechazo absoluto en algunos lugares. Sin embargo, la negación del uso de “España” debido a que <<permite generalizar los elementos que lo conforman y homogeneizarlos en su globalidad, haciendo que las particularidades de cada uno se desvanezcan como lágrimas entre la lluvia>>, como indica románticamente la autora, no es sino, una vez más, la manifestación del choque de los distintos significados del término “nación”. “España” es utilizada por los nacionalistas españoles en el sentido citado, pero no así por la totalidad de los hablantes. El uso continuado de “España” como equivalente a “nación española”, donde “nación” se opone al concepto de “nación” en “nación catalana”, por parte de nacionalistas de ambos signos (y aquí volvemos al principio del artículo) es beneficioso al recabar apoyos para ambos, siendo “Estado español” la manera de referirse a España sin reconocerla como “nación” pero a la vez, y he aquí la contradicción, regalando y sosteniendo el concepto uniformizador que el nacionalismo español le atribuye y, por tanto, fortaleciendo a este último.

   Este hecho no ocurre por casualidad. Los nacionalismos obtienen su poder principalmente de la existencia de sus antagonistas. Mucho se ha hablado de lo importante que le resultaba la existencia de ETA al Partido Popular para recabar votos enarbolando la bandera española (como expresión de la democracia y el estado de derecho, decían pero, principalmente, como expresión del nacionalismo español). Y así, en esta guerra de antagonistas, el lenguaje es una herramienta fundamental. “España” o “Estado español”, no es importante la diferencia en sí misma, sino la diferencia que le quiere atribuir cada grupo y el uso que hace de ella. Sin embargo, como ocurre con todos los símbolos, comienzan representando una cosa concreta y se acaban pervirtiendo, sirviendo de excusa para atribuir cualidades propias de dicha perversión al objeto representado original. Es un modo de simplificación al que recurre la derecha para atacar a sus enemigos, pero en el que las personas de izquierda a menudo caen, siguiéndoles el juego en lo que, sin duda, es terreno contrario. Por eso, yo defiendo la equivalencia de los términos “España” y “Estado español”, porque pienso, sinceramente, que la mera participación en ese debate es beneficioso para la derecha de ambos lados y, doblemente, para el españolismo rancio.

¿Español o castellano?

   En otro artículo de la misma autora se plantea la cuestión de los términos “español” o “castellano” a la hora de referirse a la lengua castellana. En este caso, coincido bastante con la autora, aunque quizás matizaría alguna de sus opiniones. En todo caso, como escribió Elio Antonio de Nebrija en su prólogo de la primera “Gramática de la lengua castellana” en 1492: “siempre la lengua fue compañera del imperio”. España como entidad no se concebía antes de ese periodo de unión matrimonial de las coronas de Castilla y Aragón, en el que también se incorporó Granada y Navarra (éstas sí, por conquista). Por sinécdoque, empezó a hablarse de “rey de España” al referirse a Carlos I, tanto dentro como fuera, ignorando el hecho de que el Reino de Portugal, siendo España (término entonces equivalente a Península Ibérica) era independiente del autoproclamado Rey de España. Sin embargo, si no hubiera sido por la unión de los reyes de las coronas castellana y aragonesa (incluyendo el principado y el resto de territorios catalanoparlantes), probablemente este término no se habría utilizado. Debido a la expansión de la lengua y cultura castellanas por las colonias americanas, así como el impedimento a los territorios de la Corona de Aragón de comerciar con América (eran países distintos de Castilla, con moneda, pesos, medidas y aranceles propios, y la empresa americana era explícitamente castellana), hizo que la cultura castellana se aupara hasta cobrar importancia mundial durante dos siglos. Sin necesidad de legislar contra el resto de culturas, esta importancia cultural “se comió” a las otras a nivel diplomático, haciendo que dentro y fuera se tuviera en cuenta como “lengua española” únicamente a la lengua castellana.

   Sin embargo, el sentido común nos dice que, siendo la lengua castellana una más entre las lenguas de España y, además, siendo España uno más entre los varios países donde hoy se habla castellano, la palabra español es doblemente excluyente. Aunque la RAE y el resto de academias recomiendan usar el término “español”, yo estoy completamente en desacuerdo en este sentido. Como a veces ayuda fijarse en lo que dicen otros en problemas similares, fijémonos en lo que ocurre con el inglés. Su caso es similar: es la lengua dominante en el Reino, así como la que se llevó a las colonias. Sin embargo, para ellos ocurre al revés. El nombre de la lengua es el “inglés”, no el “británico”. Para distinguir el dialecto inglés del del resto del mundo se utiliza “inglés británico” (siendo esto también un abuso del lenguaje, ya que debería decirse “inglés de Inglaterra” para distinguirlo del “dialecto escocés” o galés, etc). Aún así, considero este uso más apropiado. Aunque, sin duda “castellano de Castilla”, “castellano andaluz”, “castellano de Cuba”, etc, son las maneras más apropiadas y correctas de referirse a la lengua y sus dialectos.

   El uso de las palabras es, sin duda, un instrumento muy importante a la hora de expresar nuestra manera de pensar, pero, a su vez, nuestra manera de pensar puede verse influenciada por el uso de las palabras. Esto es algo bien conocido por los responsables de la propaganda política y es, a menudo, utilizado para influenciar en las opiniones de la gente. Por eso, es importante abstraerse a una posición superior y observar todos los usos que se hacen de los términos para así impedir que la aparición de neolenguas nos influencien y manipulen. A veces se podrá adoptar una posición a favor de una u otra opción pero, también, cabe la posibilidad de que el propio debate en torno al uso de un término sea estéril y sea la propia defensa de una de las posiciones la que  nos haga perder la perspectiva. En todo caso, el uso del lenguaje es peliagudo y hay que estar alerta para evitar que nos manipulen.


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Antiantipolítica

•abril 29, 2013 • Dejar un comentario

Aviso: Esta publicación contiene unos pequeños spoilers de Black Mirror.

Ayer, viendo el último capítulo de la segunda temporada de la serie británica Black Mirror (recomendadísima), volvió a mi memoria la conferencia que dio Manuel Azaña en la casa del Pueblo de Alcalá de Henares en 1911, “El problema español” (recomendadísimo también). El episodio da un enfoque concreto a un tema tan recurrente hoy en día como la antipolítica y el antipolíticos. No quiero dar más detalles del episodio, pero sí quiero dejar claro, como otros muchos han hecho ya pero nunca es suficiente, que la generalización al hablar de “casta política” o al decir “todos los políticos son iguales” sin dar ningún tipo de matiz, solamente beneficia a quienes necesitan justificar un régimen dictatorial, autoritario e involucionista.

Por todo ello, quiero compartir el extracto del discurso que Azaña pronunció aquel 1911:

“En lo político necesitamos, como una condición indispensable, la revisión de todas las instituciones democráticas en nombre de su principio de origen, limpiándolas, purificándolas de todos los falsos valores que sobre ella o a sus expensas se han creado, ni más ni menos que como en el siglo XVI se intentó la Reforma del Cristianismo, no para destruirlo, sino para restaurarlo, invocando las intenciones primeras y los principios puros de la Iglesia primitiva. ¿Democracia hemos dicho? Pues democracia. No caeremos en la ridícula aprensión de tenerla miedo: restaurémosla, o mejor, implantémosla, arrancando de sus esenciales formas todas las excrecencias que la desfiguran. No odiéis ni os apartéis de la política, porque sin ella no nos salvaremos. Si la política es arte de gobernar a un pueblo, hagamos todos política y cuanta más mejor, porque sólo así podremos gobernarnos a nosotros mismos e impedir que nos desgobiernen otros.

Manuel Azaña Díaz, 1911. “El problema español”.

Ha muerto Neil Armstrong.

•agosto 26, 2012 • 1 comentario

Quiero aprovechar la triste noticia de la muerte del pionero Neil Armstrong para intentar dar un impulso al blog.

Hoy me he desayunado con la noticia de que Neil Armstrong, primer ser humano en poner el pie en territorio extraterrestre, había muerto. Neil Armstrong, como pionero, es solo la punta del Iceberg de un largo proceso de investigación y desarrollo que culminó con el alunizaje del Apollo 11, la famosa huella y la famosa frase.

Sin embargo, con él, parece que no sólo haya muerto el ser humano en sí, sino también una idea, un proyecto. Puede rodearnos una sensación de que no ha habido un relevo o, mejor dicho, un “más allá.” Relevo sí ha habido. Desde hace dos décadas, y de forma casi ininterrumpida, la humanidad ha tenido presencia en el espacio con la construcción primero de la MIR y más tarde de la Estación Espacial Internacional. Sin embargo, para generaciones como la mía, nacidos en los 80, acostumbrados a ver los despegues de los cohetes Arianne y los Soyuz por televisión, o enterarnos de las idas y venidas de los hace poco retirados transbordadores Space Shuttle, no hemos vivido la intensidad de la carrera espacial como hicieron nuestros padres y abuelos. Marte es la próxima frontera y, sin embargo, parece tan lejana como hace 10 o 15 años. ¿A qué se debe esto?

La carrera espacial: la mayor campaña bélico-propagandística de la historia.

Años 50. Comienza la guerra fría. Tras la Segunda Guerra Mundial, el equilibrio de poder se reconfigura. Europa pierde finalmente su posición hegemónica. Los Estados Unidos de América emergen defintivamente como superpotencia tras siglo y medio de empeño. Sin embargo, otra superpotencia emerge a la par. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas reivindica su posición tras unas pocas décadas de existencia. Esta reestructuración geopolítica va acompañada de un nuevo actor que nunca antes había formado parte de las estrategias y negociaciones de las potencias previas: las armas de destrucción masiva, el horror nuclear. Pero no es el único nuevo actor: dos formas de entender la economía diametralmente opuestas, que se traducen en dos modos de vida igualmente opuestos y dos formas de entender la política, asumidas como propias y ligadas al destino de cada una de las naciones en contienda, entran también en escena.

El miedo a ser superados por el enemigo, a ser tecnológicamente adelantados y, como consecuencia, quedar en una posición de debilidad de cara a una guerra que muchos creían segura era, como siempre ha sido, razón más que suficiente para incrementar los presupuestos militares una y otra vez. Si a esto se añade el miedo a la desestabilización interna por la penetración en la sociedad del discurso político-económico del enemigo, así como el intento activo de desestabilizarlo a él, el esfuerzo bélico entonces incorpora la vertiente propagandística.

Tras la experiencia de Hiroshima y Nagasaki, que enseñó al mundo que un pequeño avión enemigo podía ganar la guerra si alcanzaba su objetivo, los espacios aéreos de las potencias vieron extremada su vigilancia. A la vez, el ingenio bélico debía aprender a sortear estas medidas. Fue entonces cuando la ingeniería de cohetes y misiles encontró su momento álgido: transportar La Bomba sin necesidad de tripulación y mediante un sistema difícil de ser interceptado era el objetivo (aprovechando tecnología nazi en ambos lugares, por cierto). Sin embargo, en tiempos de guerra (aunque sea guerra fría) también hacen falta héroes. En EE.UU. cobraron fama los pilotos que superaron la barrera del sonido (recomiendo al respecto la película “Elegidos para la gloria” o “The right stuff” en su título original). Fue en ese momento en el que la maquinaria bélica, con sus cohetes y misiles, convergió con el aparato de propaganda. Empezó a plantearse la posibilidad de ir al espacio, primero colocando satélites y, más tarde, armas. Y entonces llegó el momento: ¿y por qué no poner un hombre en el espacio? Por supuesto, tanto el anuncio del programa de satélites como el de subir una persona al espacio fueron anunciados a la prensa y la carrera espacial empezó y una década después culminó con el señor Neil Armstrong diciendo una frase para la historia (probablemente preparada desde algún gabinete de propaganda). No quiero extenderme mucho más, hay mucha información en libros y en internet sobre el asunto.

En 15 años se pasó de no tener ni una miserable lata en el espacio (con perdón para los Sputnik y sus sucesores) a plantar una bandera en la luna y retransmitirlo por televisión con riguroso retraso para que la censura hiciera su trabajo en caso de que las cosas no salieran según lo planeado. ¿Es eso normal? ¿Es esa velocidad de desarrollo la natural? Los soñadores (incluso dentro de los gobiernos) hicieron un simple ejercicio de proyección en el futuro y pensaron que en los 80 habría una base lunar y en el siglo XXI se habitaría Marte. Y comenzó a invertirse dinero en ello, pero los altos costes y el bajo rendimiento propagandístico y bélico en relación a dichos costes, dio lugar a aplazamientos y, finalmente, abandonos.

Recomiendo la lectura de este artículo de Wikipedia al respecto de las bases lunares.

La investigación espacial hoy.

No se puede decir que la investigación espacial ha pasado a un segundo plano. Se desarrolla con normalidad como otros campos de la ciencia y la tecnología. Además, en ciencia, los campos están ligados entre sí. El gran avance de la computación, las comunicaciones o los materiales son de extrema utilidad en la exploración espacial. Ahí tenemos la ISS, la Curiosity, la Cassini-Huygens… La carrera espacial fue una anomalía causada por una situación de continua amenaza entre las dos superpotencias que ya pasó. Sin embargo, una nueva potencia emerge a marchas forzadas y con un aparato de propaganda que quiere poner a los suyos ahí arriba: China. Es posible que su necesidad de proclamarse ante el mundo como superpotencia venga dada mediante un Gagarin o un Armstrong con apellido chino que ponga el pie en Marte en las próximas décadas. Estoy seguro de que EE.UU. aceptará el reto y no se resignará a verlo por televisión.

Mientras tanto, como homenaje a Neil Armstrong, aquellos que disfrutamos mirando a las estrellas, contemplemos nuestro hogar en el cielo de Marte en una fotografía publicada por la NASA y tomada desde el Spirit en 2004, foto análoga a la que el propio Armstrong tomó del cielo lunar hace 43 años (al principio del artículo), aunque no tan espectacular.

 

Inaugural

•enero 22, 2012 • 1 comentario

Esta publicación tiene únicamente como objetivo el de una botella de champán al chocar contra el casco de un barco: marcar el inicio de lo que espero sea una larga y, con un poco de suerte, próspera vida para este blog.

La intención con la que nace es, como supongo que la mayoría, dejar plasmado por escrito y de forma ordenada todo aquello que uno piensa y que trata de explicar en muchas discusiones con amigos, familiares e incluso desconocidos pero que, por diversos motivos, no acaba de sintetizar en condiciones, desperdiciando “turnos de palabra” y dando a entender, incluso, lo contrario de lo argumentado. Más allá de esa intención no hay otra que la de generar debate.

Por otro lado, no irá a remolque de la actualidad. La intención es, como he dicho, dejar plasmado lo que pienso acerca de ciertos asuntos que a mí me interesan. Unos serán políticos, otros sobre ciencia, sobre aficiones, etc. El contenido será ligero. La idea es que sea poco técnico y más filosófico (en el buen sentido, nada anticientífico).

Nada más. ¡Espero que disfrutéis leyendo el blog tanto como yo escribiéndolo!

 
Fracasando que es gerundio

Porque fracasar no es lo peor que puede pasar

Fabulantes

Mi voz.

La Zamarra de Gustavo

¡Oh ciudad de los gitanos! ¿Quién te vio y no te recuerda? Ciudad de dolor y almizcle, con las torres de canela. (F. G. Lorca)